Así mismo, en la penumbra de este modelo, existen
millones de excluidos sociales, es decir hombres y mujeres concretos e
irrepetibles, que no logran acceder a los bienes necesarios, e indispensables,
para vivir como seres humanos y satisfacer sus necesidades básicas.
Ahora bien, el liberalismo no se desentiende de
esta problemática. Este gran " conglomerado " de pobres, en muchas ocasiones
es utilizado como mano de obra barata, y en otras tantas oportunidades es
encarcelado ya que, en última instancia, antes de condenarse a si mismo por
ser responsable de la propagación de la exclusión social a lo largo del mundo,
y por crear necesidades superficiales en personas que apenas pueden
sobrevivir, el sistema liberal opta por penalizar a los indigentes que
fabrica, cuando éstos se revelan y sublevan contra un sistema perverso que los
oprime y, en no pocas ocasiones, los mata.
Así mismo, este alienante y globalizado sistema
político económico es el trágico escenario donde, día tras día, la humanidad
asiste a la dramática función en donde crece, de manera vertiginosa, la brecha
que distancia en forma abismal a los ricos de los pobres.
En efecto, si bien es cierto que gracias a las
condiciones económicas existentes a nivel mundial se podrían mitigar las
desigualdades sociales, el liberalismo, de manera egoísta, favorece la
constitución de sociedades duales en las que, por un lado, aumentan de manera
escalofriante las muchedumbres que viven en condiciones indignas para la
persona humana, y, por otro lado, se concentran en grupos cada vez mas
reducidos y " selectos " quienes, con absoluto desprecio y desinterés por la
vida de los mas pobres y débiles, viven en la opulencia, teniendo a su merced
gigantescas extensiones territoriales e invaluables, y obscenas, riquezas -
cf. Constitución Gaudium et spes, 63 -.
Desafortunadamente, a pesar de que es bien
sabido que, dejada a sí misma, la economía moderna conduce al mundo hacia una
agravación, y no hacia una atenuación, en la disparidad de los niveles de vida
- cf. Populorum Progressio, 8 -, muchos cristianos simulan no escuchar las
Palabras de los Pastores que guían al Pueblo de Dios en nombre del Señor.
Mas aún, por desdicha no son pocos aquellos católicos que se llenan la boca
con la Doctrina Cristiana, pero lo hacen solo de manera superficial e
hipócrita - cf. Lc. 12, 1 - 3-, ya que en los actos de su vida cotidiana se
desentienden tanto de los grandes problemas sociales, como de los hermanos que
están al borde del camino sin esperanza ni ilusión, y transitan a su lado sin
acercarles un trozo de pan, un vaso de agua o una vestimenta, no reconociendo
de esta manera que en ellos se encuentra Jesucristo.
De esta forma, situados en países que, como
bien plantea Eduardo Galeano, ponen en práctica economías esclavistas - con
salarios miserables e indignos -, pero que aparentan ser del Primer Mundo - ya
que los bienes se cotizan al mismo precio que en las naciones mas
desarrolladas -, resulta imprescindible que los cristianos estemos junto a
quienes se encuentran desesperados, y perdidos, por haber buscado a lo largo
de los tiempos mejores condiciones de vida sin haberlas encontrado jamás, y en
comunión con ellos construyamos con hechos, y no con una falsa retórica de
palabras, una Cultura Cristiana donde impere el Amor, la Solidaridad y la
Paz.
En este sentido, es importante recordar que "
... no se puede hablar legítimamente de paz, donde no se reconocen y no se
respetan los sólidos fundamentos de la paz: la sinceridad, es decir, la
justicia y el amor en las relaciones entre los Estados y, en el ámbito de cada
una de las Naciones, de los ciudadanos entre sí y con sus gobernantes; la
libertad de los individuos y de los pueblos, en todas sus expresiones:
cívicas, culturales, morales, religiosas; de otro modo no se tendrá la paz -
aun cuando la opresión sea capaz de crear un aspecto exterior de orden y de
legalidad -, sino el brotar continuo e insofocable de revueltas y de guerras
... " - Pablo VI, Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1968
-
Ahora bien, para poner en marcha esta praxis
política de transformación cristiana, radical, urgente y no violenta de las
actuales situaciones de opresión globalizadas, es necesario no caer en la
falsa disyuntiva de procurar dilucidar si se debe transmitir primero la
Palabra del Señor, o si, por el contrario, debe ser prioritario luchar por un
mundo mas justo y solidario. Más bien, la tarea consiste en intentar
favorecer que, a partir de la creciente toma de conciencia de la Buena Noticia
que revela y anuncia el Evangelio, el hombre, en forma simultanea, pueda
emprender gracias al conocimiento del Mensaje de Cristo, una profunda
transformación social, espiritual y cultural de nuestras comunidades.
Por estos motivos, en los tiempos que corren,
en donde la codicia material aplasta la vida espiritual, los cristianos
debemos tomar la Palabra de Dios y utilizarla, como lo hicieron en un comienzo
los primeros Profetas, para poner de manifiesto las profundas contradicciones
que existen entre el Reino de Liberación y Salvación, y un sistema político
económico que estructura nuestras sociedades sobre la base del egoísmo, el
lucro, la exclusión social y un desmedido deseo de bienes terrenales, ya que
todas estas actitudes, frente a los demás y a las riquezas, son fuente de
pecado y engendran la ruina espiritual del codicioso y avaro, y la muerte de
millones de indigentes y desposeídos - cf. St. 1, 12 - 15 -.
Buenos Aires / Reflexión
y Liberación