
Henri Boulad, es un jesuita egipcio destacado en los ámbitos eclesial e intelectual. Hoy lanza un SOS para la Iglesia en una carta dirigida al Papa Benedicto XVI. La misiva ha sido transmitida a Roma a través de la Nunciatura en El Cairo.
Santo Padre:
Me atrevo a dirigirme directamente a Usted, pues mi corazón sangra al ver
el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia. Sabrá disculpar mi
franqueza filial, inspirada a la vez por "la libertad de los hijos de Dios" a la
que nos invita San Pablo, y por mi amor apasionado por la Iglesia.
Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues
creo que "son menos cinco" y que la situación no puede esperar más.
Permítame en primer lugar presentarme. Jesuita egipciolibanés de rito
melquita, pronto cumpliré 78 años. Desde hace tres años soy Rector del colegio
de los jesuitas en El Cairo, tras haber desempeñado los siguientes cargos:
Superior de los jesuitas en Alejandría, Superior regional de los jesuitas de
Egipto, profesor de teología en El Cairo, director de Caritas-Egipto y
vicepresidente de Caritas Internationalis para Oriente Medio y África del Norte.
Conozco muy bien a la jerarquía católica de Egipto por haber participado
durante muchos años en sus reuniones como Presidente de los superiores
religiosos de institutos en Egipto. Tengo relaciones muy cercanas con cada uno
de ellos, algunos de los cuales son antiguos alumnos míos. Por otra parte,
conozco personalmente al Papa Chenouda III, al que veía con frecuencia.
En cuanto a la jerarquía católica de Europa, tuve ocasión de encontrarme
personalmente muchas veces con alguno de sus miembros, como el cardenal Koening,
el cardenal Schönborn, el cardenal Martini, el cardenal Danneels, el Arzobispo
Kothgasser, los obispos diocesanos Kapellari y Küng, los demás obispos
austríacos y otros obispos de otros países europeos. Estos encuentros se
producen con ocasión de mis viajes anuales para dar conferencias por Europa:
Austria, Alemania, Suiza, Hungría, Francia Bélgica... En estos recorridos me
dirijo a auditorios muy diversos y medios (periódicos, radios, tv). Lo mismo
hago en Egipto y en Oriente Próximo.
He visitado unos cincuenta países en los cuatro continentes y he
publicado unos treinta libros en unas quince lenguas, sobre todo en francés,
árabe, húngaro y alemán. De los trece libros en esta lengua, quizá haya leído
Usted "Gottessöhne, Gottestöchter" [Hijos, hijas de Dios], que le hizo
llegar su amigo el P. Erich Fink de Baviera.
No digo esto para presumir, sino para decirle sencillamente que mis
intenciones se fundan en un conocimiento real de la Iglesia universal y de su
situación actual, en 2009.
Vuelvo al motivo de esta carta, intentaré ser lo más breve, claro y objetivo
posible. En primer lugar, unas cuantas constataciones (la lista no es
exhaustiva):
1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez
más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son
las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio
que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o
en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas
de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes
gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.
2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en
picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el
relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o
de África.
3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen
aún -cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación- tienen que
encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de
ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista
de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede
aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.
4. El lenguaje de la Iglesia es obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo,
moralizante, totalmente inadaptado a nuestra época. No se trata en absoluto
de acomodarse ni de hacer demagogia, pues el mensaje del Evangelio debe
presentarse en toda su crudeza y exigencia. Se necesitaría más bien proceder a
esa "nueva evangelización" a la que nos invitaba Juan Pablo II. Pero ésta, a
diferencia de lo que muchos piensan, no consiste en absoluto en repetir la
antigua, que ya no dice nada, sino en innovar, inventar un nuevo lenguaje que
exprese la fe de modo apropiado y que tenga significado para el hombre de hoy.
5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la
teología y de la catequética, que deberían repensarse y reformularse
totalmente. Un sacerdote y religioso alemán que encontré recientemente me decía
que la palabra "mística" no estaba mencionada ni una sola vez en "El nuevo
Catecismo". No lo podía creer. Hemos de constatar que nuestra fe es muy
cerebral, abstracta, dogmática y se dirige muy poco al corazón y al cuerpo.
6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las
religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el
ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento
que no encuentran en casa, tienen la impresión de que les damos piedras como si
fuera pan. La fe cristiana que en otro tiempo otorgaba sentido a la vida de la
gente, resulta para ellos hoy un enigma, restos de un pasado acabado.
7. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos a
la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la
homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a
casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia.
Todos estos problemas morales y pastorales merecen algo más que declaraciones
categóricas. Necesitan un tratamiento pastoral, sociológico, psicológico,
humano... en una línea más evangélica.
8. La Iglesia católica, que ha sido la gran educadora de Europa durante
siglos, parece olvidar que esta Europa ha llegado a la madurez. Nuestra
Europa adulta no quiere ser tratada como menor de edad. El estilo paternalista
de una Iglesia "Mater et Magistra" está definitivamente desfasado y ya no sirve
hoy. Los cristianos han aprendido a pensar por sí mismos y no están dispuestos a
tragarse cualquier cosa.
9. Las naciones más católicas de antes -Francia, "primogénita de la
Iglesia" o el Canadá francés ultracatólico- han dado un giro de 180º y han caído
en el ateísmo, el anticlericalismo, el agnosticismo, la indiferencia. En el caso
de otras naciones europeas, el proceso está en marcha. Se puede constatar que
cuanto más dominado y protegido por la Iglesia ha estado un pueblo en el pasado,
más fuerte es la reacción contra ella.
10. El diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso
hoy. Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho
en este momento.
Frente a esta constatación casi demoledora, la reacción de la iglesia es
doble:
- Tiende a minimizar la gravedad de la situación y a consolarse constatando
cierto repunte en su facción más tradicional y en los países del tercer mundo.
- Apela a la confianza en el Señor, que la ha sostenido durante veinte siglos
y será muy capaz de ayudarla a superar esta nueva crisis, como lo ha hecho con
las precedentes. ¿Acaso no tiene promesas de vida eterna?
A esto respondo:
- No es apoyándose en el pasado ni recogiendo sus migajas como se resolverán
los problemas de hoy y de mañana.
- La aparente vitalidad de las Iglesias del tercer mundo es equívoca.
Según parece, estas nuevas Iglesias atravesarán pronto o tarde por las mismas
crisis que ha conocido la vieja cristiandad europea.
- La Modernidad es irreversible y por haberlo olvidado es por lo que
la Iglesia se encuentra hoy en semejante crisis. El Vaticano II intentó
recuperar cuatro siglos de retraso, pero se tiene la impresión que la Iglesia
está cerrando lentamente las puertas que se abrieron entonces, y tentada de
volverse hacia Trento y Vaticano I, más que hacia Vaticano III. Recordemos la
declaración de Juan Pablo II tantas veces repetida: "No hay alternativa al
Vaticano II".
- ¿Hasta cuándo seguiremos jugando a la política del avestruz y a esconder
la cabeza en la arena? ¿Hasta cuándo evitaremos mirar las cosas de frente?
¿Hasta cuándo seguiremos dando la espalda, crispándonos contra toda crítica, en
lugar de ver ahí una oportunidad de renovación? ¿Hasta cuándo continuaremos
posponiendo ad calendas graecas una reforma que se impone y que se ha abandonado
demasiado tiempo?
- Sólo mirando decididamente hacia delante y no hacia atrás la Iglesia
cumplirá su misión de ser "luz del mundo, sal de la tierra, levadura en la
pasta". Sin embargo, o que constatamos desgraciadamente hoy es que la Iglesia
está en la cola de nuestra época, después de haber sido la locomotora durante
siglos.
- Repito lo que decía al principio de esta carta: "¡son menos cinco!"
-¡fünf vor zwölf!- La Historia no espera, sobre todo en nuestra época, en
que el ritmo se embala y se acelera?
- Toda operación comercial que constata un déficit o disfunción se
reconsidera inmediatamente, se reúne a expertos, intenta recuperarse, se
movilizan todas sus energías para superar la crisis.
- ¿Por qué la Iglesia no hace otro tanto? ¿Por qué no moviliza a todas sus
fuerzas vivas para un aggiornamento radical? ¿Por qué?
- ¿Por pereza, dejadez, orgullo, falta de imaginación, de creatividad,
quietismo culpable, en la esperanza de que el Señor se las arreglará y que la
Iglesia ha conocido otras crisis en el pasado?
- Cristo, en el Evangelio, nos pone en guardia: "Los hijos de las tinieblas
gestionan mucho mejor sus asuntos que los hijos de la luz..." ¿Entonces qué
hacer?... La Iglesia tiene hoy una necesidad imperiosa y urgente de una
Triple Reforma:
1. Una reforma teológica y catequética para repensar la fe y
reformularla de modo coherente para nuestros contemporáneos.
Una fe que ya no significa nada, que no da sentido a la existencia, no es más
que un adorno, una superestructura inútil que cae de sí misma. Es el caso
actual.
2. Una reforma pastoral para repensar de cabo a rabo las
estructuras heredadas del pasado.
3. Una reforma espiritual para revitalizar la mística y
repensar los sacramentos con vistas a darles una dimensión existencial, a
articularlos con la vida.
Tendría mucho que decir sobre esto. La Iglesia de hoy es demasiado formal,
demasiado formalista. Se tiene la impresión de que la institución asfixia el
carisma y que lo que finalmente cuenta es una estabilidad puramente exterior,
una honestidad superficial, cierta fachada. ¿No corremos el riesgo de que un día
Jesús nos trate de "sepulcros blanqueados"?
Para terminar, sugiero la convocatoria de un Sínodo general a nivel de la
Iglesia universal, en el que participaran todos los cristianos -católicos y
otros- para examinar con toda franqueza y claridad los puntos señalados más
arriba y los que se propusieran. Tal sínodo, que duraría tres años, se
terminaría con una asamblea general -evitemos el término "concilio"- que
sintetizara los resultados de esta investigación y sacara de ahí las
conclusiones.
Termino, Santo Padre, pidiéndole perdón por mi franqueza y audacia y
solicito vuestra paternal bendición. Permítame también decirle que vivo
estos días en su compañía, gracias a su extraordinario libro "Jesús de
Nazareth", que es objeto de mi lectura espiritual y de meditación
cotidiana.
Suyo afectísimo en el Señor,
P. Henri Boulad,
s.j.