José
María Castillo es uno de los grandes de la teología en España y en el mundo. Es
un teólogo de raza, que sabe combinar a la perfección el ensayo profundo, el
libro serio, con la divulgación. Hace unos años dejo la Compañía de Jesús.
Decía, en aquella época, que para sentirse más libre. Es un teólogo, como todos
los que están en frontera, perseguido por Doctrina de la Fe (con varios mónitums
contra él), pero que sigue en la brecha.
P- José María, buenos días. Es un
placer tenerte con nosotros.
R- Encantado, muchas gracias.
P- ¿Cuál es la tesis fundamental de tu nuevo libro?
R- Creo que la tesis está suficientemente indicada en el título. Dios, en la
historia de las religiones, es considerado como un ser trascendente y, por lo
tanto, distante e inalcanzable. En un orden completamente distinto e inasequible
al ser humano. Por tanto, las religiones a lo máximo que llegan es a hablar de
la relación del hombre con Dios. La originalidad del cristianismo es que habla
de la unión del hombre con Dios. Y desde ese momento, hay que preguntarse si es
que el hombre es elevado a la condición divina, o si Dios desciende y se
identifica con la condición humana.
P- ¿Como el texto de los Filipenses?
R- Claro, porque no hay término medio. Hay que optar por lo uno o por lo otro.
Es verdad que la definición dogmática del Concilio de Calcedonia, en el siglo V,
optó por una solución que parecía intermedia: decir que es verdadero Dios y que
es verdadero hombre, pero que en Él hay una sola persona que es divina. Con lo
cual, sin decirlo, está diciendo que es más Dios que hombre.
P- ¿Y tú pretendes darle la vuelta?
R- Pretendo sencillamente tomar como punto de arranque un misterio central
del cristianismo: la Encarnación. Que Dios se hace carne, como dice el Nuevo
Testamento. Y hacerse carne es descender e identificarse con lo más
profundamente humano. Desde ese punto de vista, tenemos todo el derecho del
mundo a decir que Dios, en Jesús, se ha humanizado. Y, por lo tanto, se
identifica con todo lo humano. Hasta el extremo de poder decir, en el famosos
texto del Juicio Final: “Lo que hicisteis a uno de estos, a mí me lo hicisteis”.
P- ¿Pero eso es también doctrina de la Iglesia?
R- Eso está en el Evangelio, y por ello la Iglesia tiene el deber sagrado de
enseñarlo, defenderlo y explicarlo.
P- ¿Y en el Credo?
R- Sí, pero lo que ocurre es que el Credo, tanto en su fórmula corta (del
Concilio de Nicea) como en la más amplia (del Concilio I de Constantinopla) se
redactó en unas condiciones marcadas por una fuerte influencia política. De los
emperadores. No olvidemos que los 4 primeros concilios de la Iglesia no fueron
convocados por los papas, sino por los emperadores. Costeados, aprobados y
promulgados por ellos. Que hasta Teodosio I (finales del siglo IV) utilizaban el
título de Sumo Pontífice.
P- ¿O sea que nuestra fe descansa en los emperadores romanos?
R- Yo no digo tanto, pero sí que los emperadores tuvieron una influencia
determinante en la formulación de aquellos concilios. Hasta el punto que uno de
los grandes temas que se estudia sobre aquellos tiempos es el cesaropapismo, que
fue el hecho de la intervención de los emperadores en la teología. Imponiendo
sus criterios y sus puntos de vista. Yo en el libro pongo un ejemplo muy
elocuente y actual: figurémonos que Obama convoca un concilio ecuménico en la
Casa Blanca. Que allí lleva a todos los obispos del mundo, les paga, aprueba él
los documentos y los promulga. Mucha gente se pondría en guardia.
P- Evidentemente.
R- Es verdad que no se puede trasponer el siglo IV o V al XXI, porque sería una
injusticia histórica y una ingenuidad pedagógica. Pero no olvidemos que hay
grandes paralelismos entre una cosa y otra.
P- ¿Entonces ese cesaropapismo arrastró la definición de Cristo más hacia lo
divino, mermando la parte humana?
R- Efectivamente. El empeño de Nicea contra el imperante Constantino fue afirmar
como dogma la identidad de sustancia, de ser, de Jesucristo con Dios, con el
Padre. En ese sentido, se salvó la divinidad de Cristo, al afirmar que su
naturaleza era la misma que la del Padre. Pero se cargó tanto la mano en los
siglos siguientes en el aspecto de la divinidad (y aquí aparecen los Padres de
la Iglesia), que aquello terminó en que en el Concilio de Calcedonia lo que se
tuvo que defender fue la humanidad. Porque lo que defendía el monofisismo del
monje Eutiques era que Jesús no era un ser humano como los demás. Divino pero no
humano. Y eso la Iglesia lo condenó también.
Lo que ocurre es que en la Iglesia sigue
habiendo un monofisismo eterno oculto, disimulado. Hay mucha gente que está
convencida de que Jesucristo es dios. Santo Tomás, en la Summa Teologica, se
pregunta si Jesús hacía las necesidades humanas.
P- Si iba al baño como cualquier humano.
R- Claro. Un viejo profesor que yo tuve decía que eso que dijo Santo Tomás es
una estupidez, porque Jesús era un ser humano, y todo lo que es humano es propio
de Jesús.
P- Da la sensación de que a la Iglesia le da cierta vergüenza. No sólo ese tema,
sino el del deseo sexual de Cristo. ¿Tuvo o no tuvo deseos sexuales?
R- Si eso es humano, tuvo que tenerlos.
P- ¿Y por qué ese miedo a reconocerlo?
R- Porque hay ciertas constantes en la experiencia humana. En los siglos I, II y
III era el gnosticismo, que anteponía lo divino a lo humano. Espíritu-materia,
sobrenatural-natural. Después, esa tendencia ha ido reapareciendo en distintas
formas. En el fundamentalismo y en las tendencias más liberales.
P- ¿Sigue hoy la Iglesia teniendo miedo a la humanización de Cristo?
R- Y no sólo de Cristo, que era plenamente humano, sino de Dios. La clave está
en la pregunta de Felipe en la Última Cena, cuando le dice a Jesús: “Señor,
muéstranos al Padre”. Jesús le responde: “Felipe, ¿todavía no me conoces?”. Si
yo fuera Felipe le habría dicho: “Sí, a ti sí te conozco. Lo que quiero es
conocer a Dios”. Pero es que Jesús añadió, sin hacer falta esta intervención:
“El que me está viendo a mí, está viendo al Padre”.
Ver a Jesús era ver a Dios. Oírle era oír a Dios. Tocar a Jesús era tocar a
Dios.
Por tanto, desde el momento en que Dios se humaniza, se funde con la carne. Con
lo más débil de la condición humana.
P- ¿Asumiendo todas las consecuencias?
R- Toda la debilidad, menos el pecado. Menos la maldad, que es inhumanidad,
deshumanización. Todo lo que es plenamente humano lo asume.
P- ¿Pero también tuvo que enfadarse?
R- Pues claro que sí. En la sinagoga, cuando el manco, preguntó si la religión
permitía curar o dañar una vida. Se callaron, y el Evangelio de Marcos dice que
Jesús les dirigió una mirada de ira. ¡Ira, no indignación!
P- En la famosa escena del templo, que se pone a veces como ejemplo de eso,
cuando coge el látigo, ¿sintió indignación o también ira?
R- Probablemente las dos, porque habían convertido el templo en una cueva de
bandidos.
P- ¿La humanización sigue trayendo hoy problemas? Pagola es un claro ejemplo
actual.
R- Evidentemente. Hay una resistencia no confesada pero muy fuerte. Porque lo
humano es lo más básico de nuestra condición, anterior a lo cultural, lo
religioso, etc. Y Dios se identifica con ello. A Dios se le encuentra ante todo
en lo laico, en lo común a todos los seres humanos. Por ejemplo: la salud, la
alimentación, el respeto, las relaciones humanas. Estas fueron las grandes
preocupaciones de Jesús. Y para eso apelaba a Dios. Porque Jesús sabía muy bien
que sin fe, sin unas convicciones hondas, la condición humana no da de sí.
Porque lo inhumano predomina en nosotros. El Pecado Original.
Entonces, a mí me parece que la
originalidad de mi libro es que dice que a Dios lo tenemos que buscar, ante
todo, en lo humano. Y que el cristianismo está para humanizarnos.
P- ¿Eso no quiere decir que tú niegues que Dios era también perfecto?
R- No, de ninguna manera. Lo estoy afirmando: el perfecto Dios se expresa, se
revela, en la perfecta humanidad. Este es el gran misterio de Jesús.
P- ¿Y es la perfecta humanidad una de las asignaturas pendientes de la teología?
¿Por qué se ha investigado poco ahí?
R- Es que los teólogos muchas veces dan la impresión de que conocen más a Dios
que al hombre. Prueba de ello es que se preguntan: “¿Jesús es Dios?”. Si
analizas esa pregunta, te das cuenta de que en el fondo están diciendo que saben
lo que es Dios. Y preguntan si eso se le puede aplicar a Jesús. Y yo al que hace
esa pregunta le preguntaría: “¿Usted sabe lo que es Dios? ¿Lo ha visto, lo
conoce?”.
A Jesús lo conocemos por la historia
evangélica. Se puede discutir sobre valor histórico, pero que ahí hay la
realidad de un galileo, trabajador del siglo I, que vivió de tal forma, tuvo
tales convicciones, hizo tales cosas y murió del tal manera, lo sabemos con
sobrada seguridad. A partir de ahí tenemos que conocer a Dios.
P- ¿Sería más fácil conocer al Jesús hombre que al Jesús dios?
R- Claro, lo es. A partir del Jesús hombre podemos empezar a conocer al Jesús
dios. Porque si yo me voy directamente al dios en sí, ¿qué puedo saber? Lo dijo
Aristóteles, es la metafísica de los griegos. La especulación de los
intelectuales merece respeto, pero el Evangelio tiene más credibilidad.
P- ¿O sea que lo que sabemos de Dios lo sabemos porque Jesús nos lo dijo de
Dios?
R- Evidentemente. Por eso él es revelador y revelación de Dios. Es la imagen de
Dios invisible. O, como dice la carta a los hebreos, “Dios finalmente nos ha
hablado en su Hijo”. Por medio de su hijo, que es Jesús.
P- Uno déficit que señalas en la cristología es la cristología política de la
Iglesia antigua. ¿Qué quieres decir con ello?
R- Me refiero al cesaropapismo. A la influencia de los intereses políticos en la
teología. Se comprende que esto pasara, porque era el tiempo de la decadencia
del Imperio. Aquello se iba al traste, y se agarraron a lo que pudieron. Como
vieron que el cristianismo iba en aumento, se agarraron a él. Pero, claro, a
ellos no les interesaba un Dios crucificado. Y el problema con el que se
encontraron fue que el cristianismo predicaba que el dios en el que creían era
un crucificado. Y eso significaba un esclavo, o un extranjero, o un subversivo.
¿Cómo arreglaron eso? Creando un dios Todopoderoso. El pantocrátor, que era un
título imperial, se lo colgaron a Jesucristo. Pero el Dios que sale en los
evangelios es un Dios misericordioso.
P- “Todobondadoso”.
R- Eso es. La gente no necesita poderes que le dominen, sino comprensión,
misericordia, respeto, tolerancia, ayuda para nuestra debilidad. Este sería el
mejor servicio que la Iglesia pudiera hacer.
P- ¿Y eso lo pude hacer la iglesia del poder, identificada con el Vaticano? Sólo
ver el Vaticano da la sensación de que estamos ante un gran poder.
R- No es sólo una sensación, es una realidad. La cúpula y la plaza de San Pedro,
la majestuosidad de un cardenal revestido con todos sus ornamentos, son una
expresión simbólica de una realidad. La Iglesia predica constantemente el
Evangelio. Hay mucha gente en la Iglesia que lo predica y lo vive, y sufre por
causa del Evangelio. Hay obispos y sacerdotes y religiosas y religiosos en
sitios donde no va nadie. Por ejemplo, en América Latina. Curas que lo pasan
fatal, en los peores sitios. Pero eso no es noticia en ninguna parte. Lo que es
noticia son las grandes reuniones en la Plaza de San Pedro o en cualquier sitio
donde vaya el Papa a ser recibido como un grande de este mundo, como un jefe de
estado.
Y la gente no se aclara. Porque, ¿cómo
juntar esas imágenes con lo que se lee en el Evangelio? Jesús le dio también
mucha importancia a esto. Y cuando mandó a los apóstoles a evangelizar les dijo:
“No llevéis dinero, ni bastón de mando, ni sandalias; no llevéis dos túnicas”.
Porque así se evangeliza. Yo creo que evangelizó más San Francisco de Asís con
su humildad y su sencillez, o la buena gente por ahí perdida, curas, monjas,
laicos… que estos personajes que aparecen con esa pompa. A mucho nos
desconcierta y otros les causa malestar. Aunque haya grupos que necesitan eso.
P- Y lo peor desde mi punto de vista es que esa tendencia se está acrecentando
últimamente. Vamos hacia una Iglesia de la pompa y de la liturgia y nos alejamos
de los pobres.
R- Claro, porque la Iglesia, a medida que va perdiendo poder en el tejido
social, se aferra a esas cosas.
P- ¿Por la pérdida de influencia?
R- Sí. Ya la está perdiendo por toda Europa. Por todo el mundo, a medida que la
cultura va avanzando. Por eso la Iglesia se agarra al integrismo dogmático, a la
política, etc, pensando que con eso va a compensar las carencias en otros
ámbitos. Que son los decisivos.
Decisivo es el Sermón del Monte, que determina la convivencia entre la gente.
Pero eso no se transmite, no se contagia a la opinión pública, al pueblo.
P- ¿Ves alguna salida? ¿Hay posibilidad alguna de que esta creciente involución
pueda dar marcha atrás? ¿Es la Iglesia una institución sabia? Si supiera
equilibrar, al pasarse hacia un lado, el movimiento pendular la tendría que
traer hacia el centro, para admitir a todos.
R- Bueno, la esperanza que tenemos es que van a llegar a tal límite, que se van
a dar cuenta de que por ahí ya no se avanza más. Hay mucha gente convencida de
eso, no solamente entre laicos y seglares, sino también entre los obispos. Lo
que pasa es que en los ambientes clericales hay mucho miedo. Y, por tanto, falta
de libertad.
P- ¿Miedo a la pérdida del poder?
R- Sí. Y a las reprimendas que vienen de Roma. A mí, cuando era jesuita, un
obispo me habló con toda confianza. Estaba en una gran diócesis de España, y me
contó cómo los controlan desde Roma, mediante un mónitum, un aviso. Y me contó
algún ejemplo, como el del cardenal de Barcelona muerto hace unos años, al que
le mandaban mónitum tras mónitum por cosas muy extrañas. Hasta que un día se
hartó, tomó un avión, se fue a Roma y preguntó: “¿Qué pasa aquí?”.
P- ¿En época de Pablo VI o de Juan Pablo II?
R- Creo que de Pablo VI.
P- ¿Ya empezó ahí la cosa?
R- La cosa viene de muy atrás, de muy lejos. El mundo interno de la Curia
vaticana es un misterio, incluso para los que están dentro.
El caso es que buscaron, y encontraron que aquellos mónitum le venían al
cardenal de Barcelona nada menos que por denuncias que mandaba a Roma un
sacerdote que estaba en un psiquiátrico.
P- Qué barbaridad.
R- Claro. Y si en Roma le prestan atención a un anónimo o a una denuncia de un
demente para intimidar a un cardenal, hay algo que no funciona bien.
P- ¿Hay miedo entre los teólogos que estáis en la frontera?
R- Sí.
P- ¿Y autocensura, por lo tanto?
R- Lo que pasa es que muchos nos somos conscientes del miedo. Hay una afirmación
de un sicoanalista francés que dice: “La obra maestra del poder consiste en
hacerse amar”. Y si el poder es religioso, se hace amar mucho más. Amamos al que
nos controla, al que nos prohíbe, nos amenaza y no nos deja pensar con libertad.
P- ¿Y eso impide rebelarse?
R- Claro. Yo pienso, por ejemplo, en San Antonio de Padua. Yo recomendaría a
muchos obispos y sacerdotes leer sus sermones. O el Tratado de Consideracione de
San Bernardo. O a Santa Catalina de Siena. Y no estoy citando teólogos de la
Liberación, sino santos de los siglos XII y XIII, místicos de la Edad Media.
P- ¿Ese círculo es el que rompes tú cuando decides que no hay espacio suficiente
para respirar (dentro de la Compañía de Jesús)?
R- Sí, eso me influyó notablemente para tomar la decisión que tomé. Que, a los
78 años, no es fácil tomar. Pero es que a mí se me hacía muy difícil pensar con
libertad y decir libremente lo que pensaba. Y me dije: “El poco tiempo de vida
que me quede, que no será mucho, quiero poder pensar y hablar con libertad,
hasta donde me sea posible”.
P- Y eso es algo que se agradece, porque hay pocas voces absolutamente libres,
que puedan expresar lo que sienten. Porque en la Iglesia se murmulla mucho, se
critica por lo bajo, pero hay muy poca gente que se atreva a salir a los medios
públicos a decir, por ejemplo, lo que tú estás diciendo.
R- Lo que yo siento es que haya personas que se puedan escandalizar. Que se van
a irritar o a sentir mal leyendo mis libros o esta entrevista. Pero también
pienso que en los evangelios (Dios me libre de ni siquiera querer asemejarme al
Señor) Jesús escandalizó a mucha gente. Y Monseñor Romero, o Don Helder Cámara,
escandalizaron también a mucha gente. Recuero esa frase tan conocida: “Cuando
doy pan a un pobre, me llaman santo; cuando pregunto por qué hay pobres, dicen
que soy comunista”. Es decir, se escandalizan. Pero yo creo que esto es
inevitable.
P- Pero no se escandalizan los sencillos. Se escandalizan, o hacen que se
escandalizan, los talibanes que defienden la Iglesia enrocada.
R- Es verdad. Yo siempre digo una cosa: Jesús fue extremadamente tolerante. Pero
fue intolerante con los intolerantes. De ahí la dureza y la firmeza con que
trata a escribas y fariseos, según los relatos evangélicos.
P- Y eso incluso cierra el “mercado religioso”, el potencial. Si Iglesia somos
todos, seamos todos, ¿no?
R- Una de las esperanzas que tengo es que se vean cada día más angustiados
económicamente. Porque la cruz la va a poner cada vez menos gente en la casilla
de la declaración de la renta, porque cada vez va menos gente a las iglesias y,
por tanto, las donaciones disminuyen a velocidad de vértigo. Y se van ver en una
situación en que no les va a quedar más remedio -y es duro y desagradable
decirlo- que replantearse muchas cosas.
P- ¿Se deberían replantear algunas cosas por agotamiento? El celibato de los
curas, la ordenación de las mujeres, que a mí me parece…
R- …evidente. Empezando porque Cristo no ordenó mujeres, pero tampoco hombres.
Cristo no ordenó a nadie. El otro día, en el blog de Religión Digital, puse yo
una entrada sobre eso: El orden no es bíblico ni evangélico, es una institución
política del Imperio. Había tres órdenes: el de los caballeros, el de los
senadores y la plebe. Y eso lo tomó el clero en el siglo III. Decir que Jesús
ordenó sacerdotes a los apóstoles es un despropósito teológico e histórico. Por
tanto, ¿por qué no van a poder las mujeres ser sacerdotes? El Concilio dice que
el pueblo cristiano tiene derecho a que la Jerarquía lo atienda con la
predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos. Hoy más de la
mitad e las parroquias del mundo no tienen párroco, porque no hay sacerdotes
suficientes. Antes que el derecho de la Iglesia a imponer sacerdotes célibes o
sólo hombres, está el derecho de los fieles a ser atendidos. Porque lo primero
es la Comunidad.
P- ¿Qué opinión te merece el Papa Ratzinger?
R- En primer lugar, no deberíamos nunca olvidar que la Iglesia es una
institución de más de mil millones de creyentes. Y, para gobernarlos a todos,
poner a un hombre con esa edad, con un cargo vitalicio que puede prolongarse
como en los últimos papados, como Juan Pablo II, que por edad y por salud no
podía más el pobre hombre, en una institución de poder centralizado, no lo haría
ninguna otra institución en el mundo. Ni lo hace.
La iglesia echa mano del Espíritu Santo
cuando le conviene. No echa mano de él cuando oculta a curas pederastas.
¿También el Espíritu Santo inspira eso? Vamos a ser coherentes.
Yo creo que el Papa Ratzinger ha sido un gran teólogo, pero que ya no está, por
edad y por salud, en condiciones de ocupar el cargo que ocupa, dado el sistema
organizativo que tienen la Iglesia, de un poder concentrado todo en un sólo
hombre.
P- ¿Le ves capaz de cambiar el sistema? Por ejemplo, presentar la renuncia, dar
paso a otros…
R- No creo que lo haga.
P- ¿Ni es el tiempo ni es la persona?
R- No. Vamos, igual nos da una sorpresa el día que menos esperemos, pero no lo
creo. El cambio en la Iglesia no vendrá de arriba. La renovación no vendrá
tampoco por movimientos antieclesiásticos (como los Pobres de Lyon y todos
aquellos grupos de la Edad Media). Por ahí tampoco. El cambio en la Iglesia
tiene que venir en comunión con la Iglesia.
P- ¿Reivindicando desde dentro?
R- Haciéndose todos responsables de su marcha. En la parroquia y en la diócesis.
Lo que pasa es que a la gente la han educado para que se calle. Para que vaya a
misa el domingo y del resto diga que es “cosa de curas”.
P- Y a los movimientos más reivindicativos dentro de la Iglesia se les
estigmatiza, se les tacha de “rojos”, se les margina…
R- Sí, se les complica la vida. No se les oye. A mí me gustaría que los obispos
en cada diócesis recibieran a cada movimiento como reciben a los kikos. A mí me
parece muy bien que les reciban entusiasmados, porque son personas de mucha
generosidad religiosa y de mucha entrega, que merecen todo el respeto. Pero no
deberían olvidar los obispos que también hay muchas personas que, por motivos
que ni ellos mismos se atreven a confesar, están ahí, marginados. Ni se les
escucha ni se les recibe.
Tengamos anchura de corazón. Jesús comía
con los pecadores, recibía a las gentes más marginales y peor vistas, ponía como
modelo a un samaritano, acogía a un centurión romano, no hacia diferencias…
P- Y dejaba a las 99 para ir en busca de la descarriada.
R- Claro. Si se le perdía una, iba en busca de ella. Y ahora la impresión que da
es que quien está perdido es el obispo.
P- Pero, entonces, “largo me lo fiáis”. ¿Hay esperanza de un cambio real
cercano?
R- A corto plazo, no. Habría que convocar un concilio, pero hoy, tal y como es
la política de nombramientos de obispos de Benedicto XVI, y tal como fue ya la
de Juan Pablo II, daría igual. Porque en la mayoría de las diócesis han puesto a
hombres orientados en una línea que un concilio no podría cambiar. Habría que
pensárselo.
P- Juan XXIII lo hizo en una época tan dura o más que ésta.
R- Es verdad, pero hay una diferencia. Pío XII fue un Papa de una mentalidad muy
tradicional y conservadora, que intentó degollar los movimientos renovadores,
por ejemplo, la Nouvelle Teologie, de los años 40-50. Y aquellos grandes
teólogos, como Rahner, fueron condenados. Pero Pío XII, siendo tan conservador
como era, no tuvo miedo en nombrar grandes personalidades como obispos y
cardenales. Y por eso fue posible el Concilio. Porque a Juan XXIII no le dio
tiempo de renovar el episcopado ni de cambiarlo. El Concilio vino en seguida.
Sin embargo, los dos últimos papas sí han tenido ese miedo.
P- ¿Prefieren nombrar obispos mas fácilmente controlables?
R- Prefieren hombres sumisos.
P- Y Jesús nunca fue un sumiso.
R- ¡No! No fue tampoco un revolucionario alegremente, ni mucho menos peligroso.
Andaba siempre con los últimos. Fue un hombre de una libertad absoluta y
sorprendente.
Yo recuerdo el pasaje del Evangelio de Lucas en que cuenta que Pilatos había
degollado a unos galileos que estaban ofreciendo un sacrificio en el templo o en
un lugar sagrado. Entonces, le pusieron una ocasión en bandeja a Jesús para
hacer una denuncia contra los romanos, y Jesús no dijo nada. Lo que dijo fue:
“Si no os convertís todos, vais a acabar igual”.
Jesús interpelaba a la conversión de
cada cual. La conversión a los valores del Sermón del Monte y de sus parábolas:
Que los últimos son los primeros, que los débiles, los niños, las mujeres, los
pecadores, los excluidos, y los indefensos son a los que más hay que cuidar.
Una Iglesia que fuera así, tendría hoy un poder y una fuerza increíbles. Y lo
que me da lástima y a veces coraje, es que se agarren a poderes de este mundo.
P- José María, ha sido un placer.
Los que quieran profundizar en su pensamiento de teólogo, pueden comprar su
ensayo de cristología. Y los que quieran leerle cada día, pueden acceder a su
blog de Religión.
http://josemariacastillo.blogspot.com/ Digital, Teología sin censura.
Gracias, maestro.
R- Muchas gracias.
José Manuel Vidal, RD 7 Madrid