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Neoliberalismo y Justicia Social



Los 20 años de democracia que ha vivido Chile no han cambiado nuestra realidad política. Por otro lado, el bloque de poder que sustentó a la dictadura  mantiene intacto el 44% que obtuvo Pinochet en el plebiscito de 1988.

 



Sebastián Piñera obtuvo 44,02% de los votos. Del otro, las fuerzas que han luchado por profundizar y ampliar la democracia siguen siendo mayoría: sumados los votos de Jorge Arrate, Marco Enríquez-Ominami y Eduardo Frei alcanzan al 55,95%.

El nivel de adhesión a Sebastián Piñera no es menor y debe hacer reflexionar a los partidos de centro e izquierda respecto de la erosión que han sufrido en los sectores populares, sobre todo en regiones populosas, como la Metropolitana, frente al avance de las redes populistas que ha consolidado la UDI sin que la Concertación, la izquierda  ni los nuevos liderazgos encuentren los mecanismos para frenar tal estrategia  que es más exitosa producto del desempleo, la droga y las restringidas perspectivas de vida para miles de jóvenes que se ven ad portas de la pobreza.

Todos los análisis indican que la campaña de segunda vuelta es una nueva elección. Hay un conjunto de razones que así lo justifican. La principal, naturalmente, es la polarización inevitable que se producirá en torno de dos modelos de país: uno que tiene su origen en la dictadura, con el neoliberalismo como ideología, que produce la desigualdad social y la exclusión política, frente a otro que apunta a profundizar las grandes transformaciones sociales que buscan la equidad a través de una acción permanente del Estado para crear un sistema de protección social.

La Presidenta Michelle Bachelet destacó  como el gran triunfo democrático de estos comicios, la elección de tres diputados del Partido Comunista, entidad a la que el Artículo Octavo de la Constitución pinochetista primero y el sistema electoral binominal después, había excluido de la participación parlamentaria. El Pacto contra la Exclusión es el precedente de la gran mayoría progresista que debe expresarse en las urnas el próximo 17 de enero.

El esfuerzo unitario tiene que integrar en una perspectiva profundamente generosa a quienes votaron por Marco Enríquez-Ominami. El 20 por ciento que obtuvo el postulante independiente proviene principalmente de las filas de la Concertación y expresa un descontento legítimo con prácticas cupulares que la mayoría progresista tiene que superar si quiere seguir gobernando. Hay que escuchar la voz de la ciudadanía y especialmente de los más jóvenes que desean participar y decidir.

Con todo, conviene subrayar el sentido democrático de estas elecciones, donde más de 7 millones de personas han votado ayer en las elecciones generales para elegir Presidente de la República y renovar la totalidad de los 120 escaños de la Cámara de Diputados y 18 de los 30 asientos del Senado. De acuerdo con una asentada tradición chilena -que a pesar de sus pretensiones la dictadura no logró eliminar-, los comicios se desarrollaron en un contexto de tranquilidad, orden y reconocimiento de los resultados.

A dos décadas de concluido el régimen militar, la democracia chilena está en una fase de madurez y estabilidad. Sin embargo, este cuadro de consolidación no puede omitir las dificultades que se han ido acumulando en el sistema institucional y que, por tanto, exigen más que enmiendas audaces e inclusivas,  una nueva Constitución.

Chile enfrenta hoy un peligroso déficit de integración de la juventud al proceso de participación. La curva descendente de inscritos desde 1988 a la fecha lo confirma: del potencial teórico de electores, efectivamente los empadronados no superan los dos tercios. Si bien el Congreso despachó una reforma constitucional que introduce el sufragio voluntario y la inscripción automática, estos cambios están subordinados a la ley orgánica correspondiente, lo que ha quedado suspendido hasta el próximo gobierno.

Para avanzar por este camino de profundización democrática es necesario formar una gran mayoría progresista que sepa escuchar las demandas del Pueblo. Esta nueva coalición política deberá manifestarse también en el Congreso, donde ni la Concertación ni la Coalición por el Cambio tienen mayoría absoluta. La gobernabilidad para realizar los cambios democráticos que el país necesita requiere de nuevas alianzas que hagan viables las metas del progresismo sin olvidar el clamor ciudadano de más Democracia y más Justicia Social como garantes del bien común.

Santiago, Diciembre 15 de 2009

Editorial publicado en revista Reflexión y Liberación Nº 83

 




 
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