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Ya concluida la Cumbre de Copenhagen con sus magros acuerdos
referidos a detener el calentamiento global, el P. Aldunate nos
entrega esta sabia reflexión en que nos invita a asumir nuestros
deberes ciudadanos a nivel mundial, sin esquivar el principio
del bien común.
En este momento 190 naciones se
abocan en Copenhagen a encarar una amenaza que afecta la misma
sobrevivencia de la vida en el mundo. Sabemos de qué se trata: un
sobrecalentamiento de la atmósfera por emisiones de CO2, que
ocasionaría trastornos catastróficos para los seres humanos. Esta
situación estaría causada no por factores geológicos, sino por la
actividad humana, o sea, por lo que hemos llamado el progreso de nuestra
civilización. Por lo mismo podría ser prevenido, o, al menos, atenuado
en sus funestas consecuencias por la acción conjunta de la humanidad.
Esto, precisamente, pretenden hacer las naciones que se reúnen en
Copenhagen.
Copenhagen tendría que llegar a
resoluciones bien drásticas, como sería sustituir la combustión de
carboníferos (que incluyen el petróleo y los gases) como fuentes de
energía y calor. Y todo el mundo tendría que aceptar estas resoluciones.
La humanidad está abocada a un desafío único en su historia: la de
hacerse responsable de su propia supervivencia.
En estas circunstancias la
tentación para las naciones reunidas en Copenhagen puede ser no
complicarse, “chutear” el problema hacia delante o descargarlo sobre
otros. Algo de esto fue lo que sucedió en Kioto, en 1992, en que ya se
abordaron problemas semejantes. Recordemos aquí la celebre frase del Rey
de Francia, Luis XVI, ante la inminencia del desborde revolucionario:
“Dejemos que las cosas sucedan, el diluvio vendrá después de mi”. Si
reproducimos esta filosofía, sería el triunfo de la irresponsabilidad,
la inepcia y la cortedad de vista más absoluta.
Pero antes de conocer y poder
evaluar las conclusiones de la magna asamblea, pongámonos en el caso de
que resulten realmente adecuadas para enfrentar las amenazas. Implicaría
un consenso colectivo y programado de sacrificar ciertos
aprovechamientos y limitar ciertos usos, para contener el calentamiento
del mundo.
Tal concertación de las naciones
del mundo, yo la saludaría como un evento epocal, con que las Naciones
Unidas se constituirían como una estructura realmente gravitante para el
orden mundial, y tendríamos un comienzo, pero un comienzo decisivo, para
la constitución eventual de un Estado Mundial con sus tres poderes:
Ejecutivo, Legislativo y Judicial, como lo han anunciado los Papas desde
Juan XXIII en “Pacem in Terris” hasta Benedicto XVI en
“Caritas in Veritate”.
Muchos factores han ido
construyendo una ordenación mundial, un bien común mundial.
Relaciones económicas y tratados económicos originan una mutua
interdependencia. Instituciones internacionales jurídicas, sociales, de
beneficencia, deportivas, artísticas y culturales nos van vinculando. Se
ha creado una cultura y hasta una ética común de respeto por los
Derechos Humanos, y está, por de pronto, Naciones Unidas con toda su
institucionalidad. Pero a todo esto se añadiría ahora una concertación
efectiva en función de objetivos que se imponen con urgencia. Una prueba
y un desafío por superar.
Quiera Dios que sepamos responder
con plenitud y así superar las barreras de estrechos nacionalismos y
defensa de fronteras, y entrar a colaborar y fraternizar con miras el
bien común mundial.
José Aldunate es Jesuita y
Moralista.
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